querido Ahmed

Esta semana, el henelista Carlos García Gual, en visita a la Biblioteca General de Navarra, allá donde se pierden los mojones de la vieja Iruñea, comentaba la modernidad de Ulises en su necesidad de la vuelta a casa, al hogar, a los orígenes. Y no puedo sino mostrar mi acuerdo con la afirmación. Ulises, Odiseo que le llamaban en su casa, en su caso obligado por el honor y las apariencias, por ese preservar el orden social del que era pilar, parte lejos de casa, a la guerra, como un yanqui de Reagan, o de los Bush, o de Clinton u Obama o del histriónico actual, porque en el Imperio poco importa quien duerma en la Casa Blanca, ya que su afición, al igual que los aqueos de la guerra de Troya, es meterse en camisas de once varas y en conflictos ajenos, como si su participación fuese el elemento necesario para la supuesta resolución de la pugna. Y tras diez años soportando el salitre en las costas troyanas, o el polvo del desierto sirio, después de años siendo testigo de centenares de cremaciones de compañeros de armas, o de ataúdes recubiertos de zinc y una bandera de barras y estrellas, luego de ser autor de violentos asesinatos y torturas, la mayoría de ellas, por lo menos hasta finalizar el acto de esta triste representación, sin que el dictador de turno o el Príamo del momento se priven del aroma de la familia o el gusto de los banquetes, tras esos años de viaje cultural al horror en producción propia, necesitan volver a casa, a contar la leyenda de su odisea, obviando, eso sí, la sangre, los gritos de desesperación y los huérfanos muertos de hambre en las polvorientas calles. Y es entonces, cuando en esa lectura del clásico homérico se echa en falta, para que sea una lectura completa, la parte oscura de la historia, las miserias propias del supuesto héroe y el rastro de miseria y dolor dejado por el soldado movilizado lejos del fuego de su hogar.

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Fotografía de Santi Palacios

Ahmed, tu y tu familia sois ese reguero de angustia y tristeza que después de los años necesarios para el juego de dioses y héroes, tuvisteis que salir de vuestro pueblo arrasado. No fue una partida con despedida oficial de trompetas y banderas. Vuestra única bandera era el hambre, la necesidad de olvidar, la angustia por vivir. Comenzasteis el camino en vuestra Siria natal, en Afrín, huyendo de una guerra televisada que ha dejado hasta la fecha 380.000 personas muertas, de las cuales 107.000 eran civiles. Sois una familia más de sirios, entre cinco y diez millones según las fuentes, que tuvieron que abandonar aquel antiguo paraíso convertido en polvo y piedra. Y tras meses de camino, en el que murieron compañeros del éxodo, unos en zanjas de campos perdidos, otros en el Mediterráneo, arribasteis a aquella Lesbos que Aquiles señaló como parte del reino de Príamo, famoso por sus riquezas y hoy rincón abandonado de Europa, en el que os hacináis, en un campamento llamado Moira, hasta diez mil personas, cuando en el máximo de su capacidad podría albergar a dos mil quinientas personas. En esa isla de los sueños perdidos, sin hogar, sin patria, sin futuro, ninguneados, ni siquiera número, invisibilizados en la sociedad de la imagen, anheláis la vuelta a casa, en un día que, a pesar de todo y de todos, soñáis esperanzados. Sois esos otros Ulises, sin gloria, con un honor arrebatado de mil y un maneras, cuyos ojos han visto y sufrido lo inimaginable, con una Ítaca que desconocéis si existe todavía. No tendréis cantos que narren vuestra proeza, nadie hará un poema que llore vuestra desdicha, no habrá aedo que deje para la memoria vuestra particular guerra y vuestro deseado retorno. Nadie sabrá si regresasteis o si finalmente fuisteis otro cadáver más, sin nombre, con un número que se perderá entre los papeles de un archivo que desaparecerá sin dejar rastro alguno.

Por eso, Ahmed, coincido con García Gual en la importancia de leer para mantener la capacidad de reflexión y análisis, pero tiene que ser una lectura completa, con sus luces y sus sombras, si no no será lectura real y seguiremos, leamos o no, formando parte de una sociedad engañada, a pesar de sabernos engañados.

vivir la montaña en su plenitud

De txiki y en la primera juventud, fui un asiduo visitante de la montaña, con mi tío Iosu que nos enseñó el amor por ella, junto al tío Bittor, hermano de mi abuela, que subía con unas botas de la Mañueta, la txapela y la bota de vino como bebida isotónica. Ellos dos nos enseñaron que la montaña, el monte decíamos, se vive en todo momento, desde la preparación de los bocatas para el almuerzo el día anterior, el despertador temprano, el ascenso con sus paradas para beber agua, aunque no mucha porque siempre había que pensar en la vuelta, el almuerzo, antes o después de hacer cima, según la altitud del monte, la cima con su mensaje en el buzón y descubrir en el horizonte otras cimas más o menos cercanas, según la claridad del día, el descenso, poco a poco, sintiendo la tensión en las piernas y la llegada al punto de partida.

Iosu, Dani, Ferminiko eta Bittor

En aquellas subidas, primero a los montes de la comarca y alrededores, aquellos Txurregi, Itzaga, Beriain, el Erga, el Cabezón de Etxauri y otros, y luego el Piri, con Txamantxoia, Lakartxela, Lakora, Bisaurin, Annie y demás, aprendí a seguir las marcas del camino, a volver atrás cuando nos confundíamos. Nos tumbamos en la loma de un monte para que los buitres se acercaran algo más, corrimos con un rebaño de cabras detrás que pensaban que teníamos sal para ellas, acariciamos yeguas embarazadas y nos reíamos cuando pisábamos una mierda fresca de vaca. A pesar de que después dejé de ir tan asiduamente al monte, los recuerdos de aquellos días, la sencillez de aquellos momentos y el olor a vida se han quedado para siempre en mi ser. Soy, también, además de muchas otras cosas, aquello. Por eso hoy es el día en que cada vez que voy al monte me acuerdo de Iosu y Bittor y de su amor por la montaña, un amor que no consistía en llegar el primero, ni siquiera en llegar, porque cuando había que volverse porque no se daban las condiciones, nos volvíamos. Ese amor consistía, consiste, porque algo se nos ha quedado, en visitar la montaña respetándola y sintiendo lo que es y no lo que queremos que sea.

Dani, Iosu, Fermin eta Frantzis

La montaña viva, de Nan Shepherd, es un libro que de manera magistral recoge aquello que, de una forma mucho más escueta y simple, nos enseñaron nuestros tíos cuando éramos unos gaztetxos. La señora Shepherd era una escocesa, profesora de literatura y montañera incansable. En la obra que comento, editada, por cierto, con exquisito gusto, por Errata Naturae en su colección Libros salvajes, la autora relata de una manera bellísima, con una prosa lírica y fina, sus sensaciones y sentimientos con la montaña, en concreto con la cordillera de los Cairngorms, al norte de Escocia. En su escrito repasa los ingredientes de la montaña, desde el comienzo, con una descripción del conjunto y va pasando por los elementos de la misma, el agua, el hielo y la nieve, el aire y la luz. En la siguiente parte se centra en los seres vivos que habitamos o visitamos la montaña, las plantas, las aves, animales e insectos y el propio ser humano, muchas veces tan dañino para el monte. Finalmente termina con el sueño en el monte, los sentidos, amplificados si se vive plenamente la naturaleza y el ser, que es en realidad el todo, la montaña y uno o una misma, en un conjunto inseparable.

The Cairngorms

Lo bonito de esta lectura es disfrutar con las descripciones de mil detalles que ofrece Shepherd, los mil y un matices en el color del monte, las interminables variaciones de la nieves y el hielo según se haya formado, con los centenares tipos de blanco, como las tonalidades cambiantes de todo, según la luz, o no luz, que exista en el momento, la capacidad de supervivencia de unas, aparentemente, delicadas flores y plantas, los animales, parte de su propio orden que constantemente invadimos, el ser humano y la montaña, a veces respetuoso, casi siempre invasor, algunas veces temerario. Una delicia que te llena de principio a fin.

Del tío Iosu me queda el recuerdo de su propio amor por el monte, de su respeto por el mismo y sobre todo de su capacidad de gozar simplemente estando y siendo con la montaña. Mi recuerdo y mi amor por él siguen intactos después de tantos años. Porque por él fuimos y por él, en gran medida, somos un todo con el monte, a pesar de los años transcurridos. Una montaña viva.

cruzada anti-oxígeno

Tranquilamente estaba sentado tomando un café en el Faris, con el resto de parroquianos que a esas horas llenan el estómago con uno de los ricos pintos del bar del Ensanche, cuando un titular en el periódico de Cordovilla me ha llamado la atención desde la mesa de enfrente. “Veinticinco comercios abren en el Ensanche en el último año”, y me he dicho, “hombre, por fin ponen algo en positivo del anterior gobierno municipal”. Pero no. No era eso. Resulta que, según ese periódico del trifachito, la mayoría de los comercios han abierto en el Ensanche “huyendo de la amabilización”. Ojiplático.

El anterior Ayuntamiento liderado por el alcalde Asiron hizo una apuesta decidida por el comercio local, cercano y de barrio. Para ello impulsó medidas y campañas para su modernización y actualización, para el consumo responsable en las tiendas “de toda la vida” y para el impulso a nuevos negocios por personas emprendedoras ( y decididas), muchas de ellas jóvenes. Y la mayor apuesta fue el diálogo regular e intenso con el comercio, con comerciantes y con asociaciones de comercio en todos los barrios. Un diálogo en general fluido, no exento de diferencias en los puntos de vista, pero con el objetivo compartido de reforzar el comercio de la ciudad y aportar a la ciudad.

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Cartel de una campaña de 2018 en favor del comercio

Los que en su momento reglaron el solar de Intendencia para la construcción y apertura del Corte Inglés, quienes pusieron alfombra roja en Carlos III para convertirla en propiedad de Inditex, aquellos cuya única estrategia fue abrir y favorecer centros comerciales fuera de la ciudad, ahora se vanaglorian porque se han abierto veinticinco pequeños comercios. Y lo hacen convirtiéndolo en decisión política contra las anteriores medidas favorecedoras del vecindario, el peatón y la salud ambiental. En su momento, llevados por la estrategia de ir contra todo lo que hiciese el equipo de Asiron, apostaron por ir contra el sentido común y los planes europeos puestos en marcha para mejorar la calidad de vida en las ciudades de este siglo XXI. Estas medidas, que cuando hacemos turismo nos gustan tanto, están encaminadas a dificultar, en el centro de las ciudades, el acceso del vehículo privado ajeno al vecindario, a otorgar el protagonismo en los desplazamientos al peatón y a impulsar el uso del transporte público colectivo y otros medios como la bicicleta.

Maya y compañía, en la oposición y ahora en el gobierno, decidieron quedarse anclados en los malos humos y la contaminación. Lo hicieron por ir en contra del gobierno del cambio, y ahora no saben cómo salir de ese embrollo. Lejos de dar marcha atrás en su posición obsoleta y dañina, han decidido hacer cruzada con el Diario de Navarra para continuar con el giro que quieren dar a Pamplona-Iruñea, de ser una ciudad moderna, vanguardista en muchos aspectos y comprometida con el medio ambiente, para que vuelva a ser la ciudad del cemento, los centros comerciales y los coches, paradigma del modelo de UPN (y ahora también de sus socios). En definitiva, una ciudad que interrumpa la entrada de oxígeno de los anteriores cuatro años.

Los barrios de Iruñea, y en este caso el Ensanche, que es el objeto de ese artículo propagandístico, necesitamos medidas que favorezcan el comercio cercano, responsable y de confianza, pero siempre teniendo como principal objetivo al vecindario, que somos quienes vivimos en los barrios. Por cierto, de tres entrevistas que hacen a los nuevos comerciantes en ese artículo, solo una de ellas habla de la amabilización en negativo y otra de ellas señala el factor decisivo para abrir su negocio en el Ensanche debido a la cercanía de calles peatonalizadas en los alrededores. Esto es, calles donde el protagonismo lo tenemos las personas y no los coches. Tiendas en donde quienes compramos somos vecinas y vecinos y no automóviles.

gure izarra, gure Izar

Izarren hautsa egun batean bilakatu zen bizigai.

Y por fin, el viaje estelar emprendido hace nueve meses, ha hecho su primera parada y el polvo de estrella comienza a cubrirnos a quienes, maravillados, no podemos dejar de mirar tu cara preciosa. Cantaba Laboa, con letra de Lete, que las estrellas se convirtieron un día en germen de vida y que de ellas surgimos. Y tú, Izar, que eres nuestra pequeña estrella, has hecho crecer en nosotras y nosotros el amor que surgió con esa otra estrella, que a veces es meteorito, y que es tu hermano Amaiur.

Cuando me ha llamado tu aita, que es mi hermano, al principio no entendía lo qué me estaba diciendo. Y es que, Izar, a veces nos hacemos planes en nuestra cabeza que después la vida se encarga de cambiar. Te esperábamos para dentro de unos días y no sé por qué, pero creía que llegarías de noche, como el común de las estrellas. Pero tú no eres una estrella cualquiera, tú has llegado al mediodía. Por la noche llegarán las Perseidas, esas “estrellas” fugaces a las que podemos pedir deseos. Pero ¿qué más deseos podemos pedir después de que hayas llegado tan rápida y bien?

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Llegas a este mundo, Izar maitia, en un momento en el que ya no miramos al cielo, ni conocemos las estrellas y seguramente, si quisiéramos hacerlo, ya no las veríamos en su plenitud como anteriormente lo hacían nuestras abuelas. Pero todavía hoy, si subes un poco, más allá de la vieja ciudad, verás la galaxia que formamos, y con un poco de vista o la ayuda de un telescopio, podrás observar que todas las estrellas forman constelaciones y las constelaciones galaxias y las galaxias el universo. Porque eso somos, Izar, estrellas que no vamos solitarias por el mundo y que formamos nuestras propias constelaciones y todas un universo. Algunas estrellas son muy antiguas, otras también, pero menos. Todas tienen nombre, que se lo hemos puesto quienes ya no las miramos. Pero en Oriente las llaman con otro distinto y quienes sobreviven nuestro mundo en el Amazonas, tienen historias diferentes para ellas; pero, Izar, no se te olvide nunca, que son las mismas estrellas para todas y todos. Por eso la que conocemos como estrella Polar, en el antiguo Egipto era Thuban, el alfa del Dragón, y la que en nuestra cultura es Orión, en Irán es El Aauáid, que significa las recién paridas, como lo eres tú. Ojalá tu quinta pueda bailar un día en Santa Ageda mirando frente a frente a las estrellas, sabiendo que otras y otros también les estarán bailando en las antípodas, con igual intensidad, para gritar con ellas la belleza de la que formamos parte.

Gu sortu ginen enbor beretik sortuko dira besteak,
burruka hortan iraungo duten zuhaitz-ardaxka gazteak.

Tendrás que luchar, Izar, en este mundo, porque hay muchas razones para hacerlo, pero recuerda, siempre, que la mayor lucha es la que acometieron un día tu ama y tu aita para sacar su propia constelación adelante. En la seguridad de que tu generación convertiréis en fecunda y racional realidad lo que en nosotras y nosotros es sueño y deseo, y en el recuerdo de esas otras que lucharon y hoy son estrellas, recibe mi beso emocionado.

Maite zaitut.

una actriz asesinada

Eran algo más de las siete de una mañana de verano y William Potticary estaba dando su paseo habitual por la pradera de los acantilados. A sus pies, unos sesenta metros más abajo, estaba el Canal, tranquilo y brillante, como un ópalo lácteo.

La verdad es que compré este libro en Walden un poco porque es la típica lectura de verano, o uno de esos libros ligeros para leer sin mayores preocupaciones que pasar un buen rato. Y no me equivoqué.

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Hoja de lata es una editorial de esas pequeñas que está haciéndose un hueco en el panorama literario con ediciones muy cuidadas y una buena selección de autores hasta ahora poco traducidos por estos lares. Una de esas autoras es Josephine Tey, seudónimo principal de la escocesa Elizabeth Mackintosh. Esta señora, coetánea de Agatha Christie, es una mujer de la que se conoce bastante poco, como si el misterio de su vida privada fuese parte de los ingredientes necesarios para las novelas de detectives que escribió con gran éxito. Cualquiera, al leer las sinopsis de sus novelas en la parte trasera de los libros podría suponer que era una autora del estilo a la gran dama del misterio, la citada Agatha Christie. Es verdad que sus obras discurren en la Inglaterra de principios del XX, que no faltan Scotland Yard, el té de las cinco con sus pastelitos de pepino y la variopinta sociedad británica, especialmente la rural. Pero hasta ahí llegan las similitudes, ya que si la archiconocida autora inglesa solía escribir crímenes “domésticos”, entre té y té, sin perder el aplomo británico, la escritora escocesa iba algo más allá e incluía más veneno, ciertas salidas de tono en los modales imperantes y personajes más diversos.

Su principal personaje es el inspector Alan Grant, de Scotland Yard, elegante y apuesto y sobre todo buen fisonomista. Y este es el protagonista de Un chelín para velas, que trata sobre el asesinato de una reconocida actriz inglesa en un pequeño pueblito de la costa inglesa. Un relato con damas y caballeros (es curioso cómo todavía hoy en algunas tiendas se utiliza caballero para referirse a los hombres y en cambio se llama señora a las mujeres y no dama), faranduleo, taberneros, aristócratas y comisarios, inspectores y sargentos. Es, como he escrito al principio, una novela para pasar un buen rato y poner en marcha la sagacidad personal para intentar encontrar la autoría del crimen.

Quien pretenda encontrar sangre en esta novela, no la encontrará. Quien esté dispuesto a disfrutar con la resolución limpia de un asesinato, entre criados, fiestas y demás, esta es su novela. Ideal para la playa o la piscina, para leer entre baño y baño, o entre caña y caña. Lo mejor para la noche, como lectura fresca de verano, antes de dormir con la ventana abierta.

El maestro del suspense en el cine, Alfred Hitchcock, adaptó la novela con el título Inocencia y juventud en el año 1937 y pese a ser una de sus obras menos conocidas, en ella se vislumbran ya las buenas artes del genial director.

amor por África

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…

La obra más famosa y escasamente leída de Isak Dinesen, seudónimo de la baronesa Karen von Blixen-Finecke, y cuya película forma parte del imaginario popular de nuestra sociedad, Memorias de África, ha pasado a engrosar esa estantería donde almaceno los libros que me han cautivado. Como la mayoría de las personas, más las de cierta edad, disfruté en su día con la versión cinematográfica dirigida por Sydney Pollack y protagonizada genialmente por Meryl Streep, como la baronesa Blixen y Robert Redford como Denys Finch Hatton. En esta ocasión me he maravillado con la obra que sirvió como base de aquella película legendaria.

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Lo primero que tengo que señalar, es que la versión cinematográfica no es la adaptación de la obra, a pesar de que recibió el Óscar a la Mejor Adaptación Cinematográfica, y se centra solo en la relación de los dos personajes protagonistas, algo que en el libro ocupa un par de capítulos. Pero esto no es problema para que aquella versión que recibió siete Óscars de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Estados Unidos, entre otras los de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Banda Sonora, compuesta por John Barry, sea una obra maestra. Curiosamente Meryl Streep no recibió el Óscar a la Mejor Actriz, a pesar de ser uno de sus papeles más recordados.

Los hechos relatados son parte de los diecisiete años que la baronesa vivió en Kenia, entonces con un “protectorado” británico, en una granja dedicada al cultivo de café, en tierras de los kikuyu, tribu dedicada al cultivo de los campos y a la ganadería, y los maasai, tribu guerrera y nómada, también dedicada a la ganadería. En el libro, escrito en pretérito y primera persona, como se suelen escribir las memorias, aparecen diferentes personajes, africanos y miembros de los países colonizadores de África de aquellos tiempos y cuenta de manera muy lírica la historia de amor de Karen Blixen por África, su curiosidad por las tribus africanas, el trabajo de una granja africana y su afición por los safaris. Todo esto se desarrolla en la primera mitad del siglo XX, con un África colonizada en proceso de cambios políticos y sociales. Un África que estaba dejando de existir.

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El estilo de estas memorias es, tal y como he indicado algo más arriba, de un lirismo apabullante que destila admiración por África, un África muy idealizada y en perenne relación de amor-odio con la Naturaleza. Hermosas descripciones de las llanuras y colinas africanas, del comportamiento de los animales, los regulares cambios meteorológicos, de una fuerza espectacular, la vida de aquellas tribus africanas bajo el dominio colonialista (del que la propia autora, a pesar de su admiración por el lugar, es parte), la filosofía de las gentes africanas, tan diferente a la de los occidentales, más de aquellos occidentales blancos dominantes. Y al final del libro se vislumbra la conclusión de aquella época que daría lugar a los movimientos de independencia y posteriormente a las luchas de poder en el continente negro.

Un libro para enamorarse de un África desaparecida, indudablemente, pero que quizás sea la entrada para descubrir el África real y doliente de este momento. Una obra para disfrutar leyendo cada una de sus páginas y para seguir descubriendo el genio y figura que fue Karen Blixen-Finecke, alias (entre otros) Isak Dinesen.

Vi gansos grises sobrevolando los llanos
Patos salvajes en el aire alto
Inmutables de horizonte a horizonte
Con sus almas endurecidas en sus gargantas
Y su gris blancura ondulando en los enormes cielos
Y los rayos de sol sobre las colinas arrugadas.

paleta multicolor

En los días posteriores a las elecciones municipales, estuve tentado a escribir algún tipo de valoración política, pero ni era mi cometido, ni era el momento. Ese tipo de reflexiones se han ido haciendo en diferentes ámbitos y foros. Lo que sí tengo claro, es que una buena parte del electorado valoró el trabajo realizado en estos últimos cuatro años otorgando su confianza a quien lideró el Ayuntamiento del cambio entre 2015 y 2019. Fueron unos resultados espectaculares que hay que mirar con las luces largas. Con luces cortas solo nos quedamos con la imagen de la pérdida de la alcaldía y lo que eso va a significar para esta ciudad progresista. Por otro lado, ese mismo electorado castigó con dureza la absoluta irresponsabilidad que algunos partidos demostraron en la pasada legislatura. La demagogia de quien pensaba que podía gestionar áreas del Ayuntamiento en base a las decisiones de cuatro (literal) iluminados reunidos en asamblea, fue pagada con la práctica desaparición de ese sector político. Los ayatolás no pueden ir dando por ahí lecciones de política de izquierdas a nadie y menos a nosotras. Así mismo, hubo quien consiguió aglutinar el voto conservador de manera eficaz, cumpliendo con los objetivos marcados desde el propio Estado e imponiéndose a la mayoría progresista que es Iruñea. Más allá de ese interés impuesto fuera de la ciudad, un tercio del electorado  decidió darles su voto. Mi respeto, como no puede ser de otra manera, a todas las vecinas y vecinos, más allá de su voto.

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Pamplona, 81 x 116 cm, óleo lienzo, 2015. Pedro Salaberri

En estos últimos cuatro años he vivido en primera línea un momento histórico en la ciudad, donde hemos demostrado que hay otra manera de hacer política y de gestionar las instituciones desde la calle. Han sido cuatro años en los que he trabajado codo con codo junto a personas con una valía extraordinaria, con quien fue, posiblemente, el alcalde más cercano a la realidad que ha tenido Iruñea. Gente con un conocimiento enorme, y sobre todo con una capacidad de trabajo impresionante. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Cuatro años muy intensos, llenos de experiencias preciosas. La posibilidad de gestionar la política municipal para intentar construir una sociedad más justa y solidaria, es algo impagable. Eskerrik asko por esta posibilidad.

Ha sido un tiempo en donde hemos tenido la oportunidad de escuchar a muchas personas, sus problemas, sus proyectos, sus anhelos. Personas de todo tipo que en otras circunstancias difícilmente hubiese podido conocer. La escucha es, probablemente, el valor más importante de estos cuatro años y creo, sinceramente, que hemos gestionado desde la escucha. En el día a día de las relaciones entre los grupos, en cambio, ha sido lo que más he echado en falta. Quizás sea ingenuidad, pero me sorprendió que concejales que no eran del cambio, en los primeros meses de la legislatura tuviesen una relación normalizada con quienes formábamos parte del Ayuntamiento del cambio y después, de un día para otro, mudasen a un gesto agrio, amargo y seco. En mi casa me enseñaron que el saludo no se puede negar a nadie, por eso quedarme sin devolución de un saludo en las escaleras de la casa consistorial me sorprendía. Qué pena. Esa incapacidad de algunos a la escucha, se tradujo en unos debates políticos ásperos, tensos, agresivos y violentos. La política debiera ser el debate de las diferentes ideas y no el ataque a quien piensa diferente. Si por mi parte ha habido algún momento en que he contribuido a ello, pido públicas disculpas. Pero más allá de nuestros errores, nuestro trabajo en el ayuntamiento ha sido responsable con la institución y la ciudad y leal con quienes nos llevaron a ella.

Creo que fuimos capaces de llevar al Ayuntamiento humildad para servir, capacidad de trabajo para construir, apertura para gobernar, escucha para buscar soluciones, determinación para avanzar en la justicia, diálogo para llegar a consensos, ilusión por nuestra ciudad, la de todas y todos. Espero que seamos capaces de seguir llevando estos valores, con una sonrisa en la boca, allá donde estemos y en el papel que en ese momento vayamos a realizar.

Ahora toca seguir aportando nuestras ilusiones y propuestas a la construcción de la Iruñea del mañana, de su convivencia, de la igualdad para hombres y mujeres. Una ciudad donde la diversidad sea una riqueza y seamos capaces de escucharnos. Una ciudad donde la prioridad sean quienes peor lo pasan. Iruñea, Pamplona, es una ciudad que no acepta el encorsetamiento impuesto de nadie, que recoge muy diferentes lecturas de sí misma, seguramente tantas como personas la habitamos y que va más allá de cualquier sigla política. Las variables son casi infinitas y aquí nada es sota, caballo y rey. No solamente es una ciudad con una completa paleta de colores, sino que los matices de todos esos colores son de intensidades y grados diversos. Es nuestra responsabilidad, más allá de la responsabilidad que tiene quien en estos momentos gestiona la institución, seguir pintando el lienzo de Iruñea con esa paleta multicolor. Hagámoslo, como siempre lo hemos hecho. Lo dicho, luces largas, sonrisa y a seguir construyendo la Iruñea del siglo XXI.

el espectáculo debe continuar

Mientras las cenizas de Notre Dame estaban calientes, con las redes sociales convertidas en un velatorio lleno de plañideras, porque verdaderamente la tragedia merecía los lloros, los multimillonarios de la République salieron como caracoles después de la lluvia, para hacer sus donaciones y así poder reconstruir el centro espiritual e histórico parisino; donaciones que serán conveniente y agradecidamente desgravadas, puede que incluso merezcan una placa en algún muro centenario de la catedral que viera coronar a Napoleon. La noticia corrió como la pólvora y rápidamente supimos que en menos de veinticuatro horas se habían conseguido mil millones de euros para volver a levantar el chauvinismo francés. Yo mismo fui uno de los que me lamenté públicamente, a través de Instagram, por el incendio y la destrucción de un pilar de la cultura y la espiritualidad occidental. Afortunadamente hubo quien me dio pistas para poder reflexionar más allá de esa pérdida.

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Hoy he leído que la cantidad estimada para reconstruir el templo gótico ha sido ampliamente superada y que en un lapso breve de tiempo las obras podrán comenzar. Imagino que será algo que esta sociedad consumista de nuevas emociones (y de lo que sea) aprovechará para poner en marcha un nuevo espectáculo que, por un módico precio para asistir al mismo, deje creernos partícipes del evento aportando un mísero granito de arena que podremos grabar en nuestra memoria con camisetas, llaveros, gorras y demás merchandising. Podremos asistir in situ a la (re)construcción de una catedral, como si fuéramos personajes de algún bestseller de novela histórica. A mí, en este tipo de historias, me queda el consuelo de que, por lo menos, alguien dedicará unos minutos de su vida a la arquitectura, la historia y la cultura, en vez de a la televisión carroñera que, a su vez, sin duda, se hará plaza fuerte en la explanada de Nuestra Señora de París para dar buena cuenta de ello y poder sacar tajada. Por lo tanto, prueba superada en una ciudad hecha a sí misma y dependiente de su propia imagen, la más de las veces falsa e irreal. El espectáculo debe continuar.

Y poco más podría añadir si no fuese porque en la misma noticia se señalaba que en la ciudad de la luz están contabilizadas más de 30.000 personas sin hogar. 30.000 personas que no tienen un sitio donde dormir. 30.000 almas que rezan a su Dios, o a su vida, o quizás a su negra suerte, en la calle, en el suelo, literalmente, y no en la magnífica seo. Notre Dame, como mucho, dio cobijo a un jorobado. El resto de deformados que no cumplen con el modelo establecido de esta sociedad del espectáculo, aunque dicha representación sea el incendio de la propia base espiritual de una cultura, no tienen cabida entre sus muros ennegrecidos. 30.000 personas, numeradas, una a una, que no podrán pagar la entrada para la función, a la que el resto vamos a asistir. 30.000 invisibles que seguirán sufriendo las inclemencias del sistema, mientras un bombier les dice que se aparten para poder seguir apagando los fuegos y excesos de esta sociedad podrida. Monsieur President, ex banquero de inversiones, podrá seguir jugando al monopoly y cobrando las entradas a este cabaret en que hemos convertido nuestro desigual y desequilibrado planeta. Porque ya lo dijo aquel Bourbon, III de Navarra y IV de la France, París bien vale una misa.

 

las dos caras de las ciudades

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La ciudad nunca ha sido un lugar más excitante que ahora para vivir.

La vida secreta de las ciudades es un librito de apenas 150 páginas que escribió el periodista neoyorkino nacido en Bombay, Suketu Mehta. Este señor, que escribe muy bien y ha recibido premios a tutiplén, quedando incluso finalista del Pulitzer (que es lo más de lo más), se dedica también a viajar mucho y a conocer ciudades. Y cuando digo a conocer ciudades no me refiero a las ciudades que aparecen en las guías turísticas, esa ciudad oficial en su relato y en su imagen, si no a la otra cara, la ciudad oficiosa, la que viven las diferentes personas que habitan en ella, cada una con sus visiones y experiencias. Estamos hablando de la ciudad real, o por lo menos, más real que la turística.

Esa ciudad oficiosa es la que se construye con las vivencias de quienes viven en ella, es la historia que se transmite de forma oral, en recuerdos familiares, en conversaciones de bar, en fiestas vecinales y en los encuentros de migrantes. Porque ese es uno de los elementos más fascinante de las ciudades del siglo XXI. Son ciudades cada vez más mezcladas en los orígenes de las personas que los habitan, con sus historias de película, con sus dramas y también con sus esperanzas. Ciudades que no cumplen, seguramente, con los estándares de ciudad ideal marcados por ex-banqueros que ahora se dedican a otorgar esos puntos para el ranking de mejor ciudad. Sus ciudades, las de esos ejecutivos, son ciudades normalmente aburridas, porque la ciudad perfecta, nos guste o no admitirlo, es aburrida. La ciudad viva es la que tiene elementos que, sueltos, nos pueden incomodar, o no nos gustan, pero que le dan la personalidad de esas ciudades atrayentes. La diferencia entre Londres y Ginebra es el bullicio que se desprende en una y el sopor que emana la otra.

A mi el libro me ha encantado. Se lee en un par de tardes y se disfruta en cada una de sus páginas. Es un ensayo escrito de una manera muy amena que te va ofreciendo datos y pensamientos con los que poder reflexionar. Las ciudades del siglo XXI tienen que ser ciudades sostenibles, en muchos aspectos, en el urbanismo, en el energético, accesibles, ecológicas, con espacios para el ocio y educativas. Pero sobre todo, tienen que ser ciudades que las vayamos haciendo las personas que en ellas vivimos, con nuestras historias particulares, nuestros dramas y nuestras esperanzas. Lo dicho, un buen libro sobre la ciudad, para saber de qué hablamos cuando hablamos de gentrificación, migración, servicios municipales y planes urbanísticos, sin tener que inventarnos nada.

postales desde dentro

A casi 10.500 kilómetros de distancia de mi hogar, en el país que ve nacer la estrella que rige nuestros días, pensé que las palabras son más palabras si se escriben sobre papel, a lápiz, o mejor con una pluma de tinta negra y que, a pesar de que esas palabras llegarían días después de mi vuelta, eran y son palabras que contienen parte de lo que llevo dentro. Por eso, en los días en que me dediqué a descubrir Japón, aproveché momentos de descanso, espacios de parada, en el silencio de un monasterio zen, en una cafetería con vistas a la locura metropolitana de Tokio, en un pequeño bar, tras comer un ramen y un bol de arroz, en el tren, a una velocidad vertiginosa, para escribir postales. Casi veinte pequeñas misivas, personalizadas, escritas con la sensación de estar dejando una parte que está muy dentro de mí. Sonreí mientras lo hacía, recordé vivencias con esas personas, imaginé qué estarían haciendo en esos momentos. Pagodas, cerezos, palacios, acuarelas, símbolos extraños para Occidente, retazos de una cultura con su cara y su cruz. Todas ellas las fui metiendo, conforme las escribía, en inmaculados sobres que compré en una tienda barata y que después tuve que pegar con pegamento de lo baratos que eran. Nombre y dirección, centrados, en pluma negra, intentando hacerlo con buena caligrafía, por lo menos clara y limpia, aunque no llegue, ni mucho menos, al arte de los calígrafos que veo por ahí. En las primeras pude poner sellos japoneses, de los dentados, seguramente con el sagrado Fuji dibujado en ellos, no lo recuerdo. En las últimas, el impuesto del correos nipón iba pegado en pegatina, qué pena. Y las postales fueron llegando y nunca me habría imaginado la ilusión que hicieron a la mayoría, más allá de la ilusión que me hicieron a mí escribirlas, y las llamadas agradeciéndolas y los mensajes emocionados. Si una simple postal, con cuatro líneas escritas, es capaz de sugerir y ocasionar esos sentimientos, estamos haciendo algo, por lo menos raro, con este mundo. Un mundo supuestamente cada día más conectado, pero cada vez más impersonal y con más personas solas. Si no fuese porque me iban a tomar por un loco, o por alguien más loco de lo que uno está, escribiría postales todas las semanas. Lo malo es que aquí no hay postales de geishas.

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