las dos caras de las ciudades

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La ciudad nunca ha sido un lugar más excitante que ahora para vivir.

La vida secreta de las ciudades es un librito de apenas 150 páginas que escribió el periodista neoyorkino nacido en Bombay, Suketu Mehta. Este señor, que escribe muy bien y ha recibido premios a tutiplén, quedando incluso finalista del Pulitzer (que es lo más de lo más), se dedica también a viajar mucho y a conocer ciudades. Y cuando digo a conocer ciudades no me refiero a las ciudades que aparecen en las guías turísticas, esa ciudad oficial en su relato y en su imagen, si no a la otra cara, la ciudad oficiosa, la que viven las diferentes personas que habitan en ella, cada una con sus visiones y experiencias. Estamos hablando de la ciudad real, o por lo menos, más real que la turística.

Esa ciudad oficiosa es la que se construye con las vivencias de quienes viven en ella, es la historia que se transmite de forma oral, en recuerdos familiares, en conversaciones de bar, en fiestas vecinales y en los encuentros de migrantes. Porque ese es uno de los elementos más fascinante de las ciudades del siglo XXI. Son ciudades cada vez más mezcladas en los orígenes de las personas que los habitan, con sus historias de película, con sus dramas y también con sus esperanzas. Ciudades que no cumplen, seguramente, con los estándares de ciudad ideal marcados por ex-banqueros que ahora se dedican a otorgar esos puntos para el ranking de mejor ciudad. Sus ciudades, las de esos ejecutivos, son ciudades normalmente aburridas, porque la ciudad perfecta, nos guste o no admitirlo, es aburrida. La ciudad viva es la que tiene elementos que, sueltos, nos pueden incomodar, o no nos gustan, pero que le dan la personalidad de esas ciudades atrayentes. La diferencia entre Londres y Ginebra es el bullicio que se desprende en una y el sopor que emana la otra.

A mi el libro me ha encantado. Se lee en un par de tardes y se disfruta en cada una de sus páginas. Es un ensayo escrito de una manera muy amena que te va ofreciendo datos y pensamientos con los que poder reflexionar. Las ciudades del siglo XXI tienen que ser ciudades sostenibles, en muchos aspectos, en el urbanismo, en el energético, accesibles, ecológicas, con espacios para el ocio y educativas. Pero sobre todo, tienen que ser ciudades que las vayamos haciendo las personas que en ellas vivimos, con nuestras historias particulares, nuestros dramas y nuestras esperanzas. Lo dicho, un buen libro sobre la ciudad, para saber de qué hablamos cuando hablamos de gentrificación, migración, servicios municipales y planes urbanísticos, sin tener que inventarnos nada.

el silencio es lo que hay

El silencio es lo que hay.

Ayer, escuchando una entrevista a Pablo d’Ors, sacerdote y escritor, de repente soltó esta frase que me dejó estupefacto. Porque esa es la realidad, aunque no nos damos cuenta. El silencio es lo que hay. En este mundo de ruido, principalmente en las ciudades, si quitamos los sonidos de coches, televisiones y radios, gente gritando y hablando por la calle, ruidos de bares, movimiento, etc, lo que queda es el silencio. Básicamente.

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Es curioso que una de las cosas que ha llamado más la atención tras las obras de amabilización del Ensanche, ha sido el silencio que ha dejado en algunas zonas como el Paseo de Sarasate o Navas de Tolosa. Ha sido uno de los comentarios más escuchados. Y es que esa es la realidad. Cuando quitamos el ruido añadido, lo que queda es el silencio y eso, además, nos trae bienestar. Por eso me deja estupefacto leer a gente cuya única labor es protestar por el ruido en sus calles decir que prefieren una calle llena de coches a una llena de gente. Yo no. Yo prefiero ir quitando, poco a poco y con inteligencia, los coches de los centros de las ciudades y reconquistar el espacio que dejan. Porque somos las personas las que tenemos que reconquistar esos espacios. En cuanto al ruido que producimos todas las personas en nuestra vida, tenemos todavía mucho por hacer, mucho por aprender, sin duda. Yo por ejemplo, rara vez dejo el teléfono con el sonido puesto. Puede parecer una tontería, pero yo no entiendo a una persona que se pone a hablar a viva voz por teléfono en la villavesa. Tampoco entiendo que los gritos vayan exclusivamente asociados a la diversión en cualquier hora. Ni que tengamos que hacer todas las actividades en un mismo barrio. Tenemos que aprender a respetar. Es tan sencillo como eso.

Pero a lo que voy es que, sobre todo, tenemos que aprender a vivir nuestro propio silencio. Ese silencio que da miedo, porque es cuando empiezas a escucharte a ti mismo. Ese silencio que puede estar presente incluso en mitad de una avenida comercial llena de gente. Creo que el silencio, el de cada una de nosotras y nosotros, estoy convencido, tiene que ser la próxima revolución.

El silencio es lo que hay. El silencio es lo que queda. Volvamos al silencio.

frío, una sonrisa y la belleza de la mañana

Image by Matthew Landers

No sin cierta pereza, he salido a la calle abrigado hasta las orejas. En estos tiempos en que, quién más, quién menos, se cree experto en meteorología, habían anunciado insistentemente un frío glacial para la jornada. Y al poner el pie en la calle he pensado que no era para tanto. Avanzando he saludado a un vecino que con cara helada caminaba por la manzana siguiente y me ha sonreído. Y la verdad es que, hoy en día, en este mundo en que cada cual vamos a lo nuestro, que un vecino con el que te conoces escasamente de vista, salga de su estado polar para sonreirte de par de mañana, se agradece. Cada día estoy más convencido de que si sonriésemos algo más, el discurrir de la vida, a pequeña y gran escala, sería diferente. He salido a la avenida y es entonces cuando he certificado que la temperatura era muy baja. He empezado a sentir, a pesar de los guantes y abrigo, ese frío que es como una roca gris de alta montaña, dura, cortante y con aristas. Los ojos han comenzado a llorar y de repente, conforme iba avanzando, he mirado hacia el horizonte, y allí, como todos los días, han aparecido las torres de la vieja ciudad, centinelas de parte de nuestra historia. Y he tenido que parar para maravillarme. En este día tan claro se veían con nitidez los montes que rodean Iruñea, pero era tal la claridad en ese momento, que se distinguían perfectamente la segunda fila de montes de la cuenca. Y en ese momento, el sol iluminaba de tal manera, de un amarillo tan fuerte, las torres, las casas de la Plaza del Castillo y el frontis de Diputación que no he podido evitar sonreír ante tal belleza. He llegado a la rotonda, cruzando la diagonal, y para cuando he llegado de nuevo a ver el horizonte, el sol se había relajado, como si el esfuerzo del instante anterior lo hubiese dejado agotado. Y he seguido hacia la vieja ciudad, rodeado de personas heladas, pero sonriente por lo que acababa de ver. Un día espectacular, sin duda.

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Iruñea y sus barrios necesitan gaztetxes, locales autogestionados para la juventud, desde donde se puedan emprender dinámicas que aporten a la vida de la ciudad, al día a día de los barrios y a medio y largo plazo incorpore nuevos valores para ese nuevo modelo de sociedad, alternativo al actual, que entre diferentes tenemos que seguir construyendo. Pero sobre todo, que aporten los valores de la juventud que el sistema, día si y día también, se empeña en arrinconar, marginar y criminalizar.

Iruñea ha contado con muchos gaztetxes, muchos de ellos lugares de encuentro inter-generacional y uno de ellos, el Euskal Jai, auténtico centro social de creación y espacio de debate y construcción para Alde Zaharra. Todos estos espacios tuvieron su proceso, contaron con sus marcos de reflexión y decisión y fueron un elemento más en el camino que nos llevó y continua llevándonos hacia el cambio social y político.

Y en estas estamos cuando, una parte de ese cambio se dio hace año y medio, logrando que fuerzas políticas accediesen a la gestión del Ayuntamiento de Iruñea, un  ayuntamiento que, hasta entonces, se había caracterizado por la persecución de cualquier movimiento popular, alternativo, vecinal y juvenil. Y de un día para otro, quien participó y participa en ese movimiento amplio y diverso, se encontró, nos encontramos, dirigiendo las riendas de un ayuntamiento que nos hemos empeñado en convertirlo, pese a leyes impuestas, en un instrumento principal en el proceso de cambio que estamos realizando.

Soy de los que he mantenido y mantengo un respeto exquisito por los procesos que lleva el movimiento popular. Podré estar de acuerdo o no con algunas decisiones, con algunas dinámicas o con algunos objetivos, lo diré donde lo tengo que decir, mostraré mi satisfacción o decepción, escucharé y hablaré con quien tenga que hacerlo y aportaré mi opinión y mi trabajo en los diferentes marcos que existan, de cara a colaborar en ese proceso de auzolan permanente que es el trabajo del movimiento popular. Así lo he mamado y lo he aprendido a lo largo de toda mi vida. Cada cual tiene su propia historia. Yo tengo claro que la mía está hecha, básicamente, de haber trabajado conjuntamente con diferentes para lograr un objetivo común. Y así seguiré haciéndolo.

Y desde ese respeto que me merece el movimiento pro-gaztetxe de Iruñea, las dinámicas a favor de espacios autogestionados para la juventud o las vecinas y vecinos de los barrios, o los procesos encaminados a crear espacios de encuentro en los diferentes barrios, quiero mostrar mi decepción por una pegatina que ha aparecido esta mañana en la sede de EH Bildu en Iruñea. Defiendo la libertad de expresión de cualquiera, la necesito para mi y por lo tanto asumo que esta necesidad es compartida con el resto de colectivos y personas. A una pegatina le doy la importancia que tiene, ni más, ni menos. Es un mensaje, en este caso un mensaje directo. Pero cuando en el mensaje se insulta y señala a compañeros con los que comparto la ilusión de trabajar para mejorar la ciudad, no puedo quedarme mirando como si nada pasase.

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Entristece ver cómo llaman mierda a tus compañeros, cómo mienten en una pegatina. Pero, por otro lado, tranquiliza leer los verdaderos objetivos de alguna persona que, de forma anónima, sin firma, expone con esa crudeza. Tengo la seguridad de que esa pegatina y ese mensaje no es compartido por la gran mayoría de gente que está trabajando en Iruñea y sus barrios por conseguir espacios autogestionados de calidad. Y me enfada porque esta pegatina no es el mejor modo de conseguir apoyo social al objetivo de conseguir espacios autogestionados en esta ciudad. Ese objetivo que tenemos muchas en Iruñea necesita ser compartido con el mayor número de personas. No puede quedarse en algo marginal. Ni mucho menos.

La policía de proximidad será una realidad más pronto que tarde y en ese camino nos hemos encontrado y nos seguiremos encontrando con dificultades que sortearemos en nuestro empeño por seguir adelante. Lo critiqué en su momento y lo sigo haciendo. No comparto las formas empleadas por agentes de la policía municipal en el desalojo del edificio ocupado de Sarasate 13. Cambiar algunas formas impuestas por quien hizo de esta policía una policía política y guardia pretoriana, cuesta. Algunos cambios se han dado, otros se seguirán dando. Sin dudarlo y pese a quien pese.

No es cierto que el Ayuntamiento haya “tachado a los y las jóvenes de irresponsables”. Es sencillamente mentira. Quien ha mentido sabrá por qué lo hace y con qué objetivo. Y el Ayuntamiento no solo no deslegitima los espacios autogestionados, sino que los apoya y acompaña, en la medida de lo posible, para hacerlos realidad. Los ritmos son, a veces, más lentos de lo que quisiéramos. Pero no hay pausa, ni descanso.

Yo también estoy a favor de la autogestión de mi vida. Pretendo ser libre, con mis incoherencias, en mi vida, pensamiento y acción. En cuanto a la autoridad, creo en la que se construye a base de trabajo, de compromiso, creo en la autoridad que tienen hombres y mujeres en todo el mundo y que es consecuencia natural de ser personas referenciales en sus ámbitos, sectores y lugares. Creo en la autoridad individual y sobre todo en la autoridad colectiva, la del pueblo. Creo en la autoridad compartida, cada una y cada uno en su espacio. Coincido en que la ocupación no puede ser nunca legalizada. Ni falta que hace. Creer o no en un proyecto es parte de la libertad personal. Respeto.

Seguiremos trabajando, que nadie lo dude, en favor de espacios autogestionados, en favor de movimientos populares y vecinales, en favor de dinámicas constructivas y siempre desde el respeto que nos merece cualquier dinámica surgida desde la calle. Quien quiera hacerlo tiene diferentes marcos y lugares para hacerlo, todos con un mismo objetivo, cada cual con diferentes instrumentos.

Mi cariño y un abrazo a mis compañeras del Ayuntamiento y de EH Bildu. Nadie nos dijo que iba a ser fácil. Seguiremos adelante, porque creemos que las utopías son posibles. Seguiremos mejorando Iruñea. Seguiremos construyendo. Entre todas y todos.

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Image by Julian Hanslmaier

Siete de la mañana. Hace media hora que me he despertado sin importarle a mi cuerpo ni a mi cabeza que hoy sea sábado. Casi me da cosa levantarme, así que, después de unas respiraciones conmigo mismo, me dedico una hora a ordenar temas del ordenador. Desayuno tranquilo, ducha y a la plaza, al mercado del Ensanche. Es uno de los momentos más chulos de la semana, cuando entras en el mercado y te quedas un rato mirando el ajetreo de los puestos terminando de preparar el género, de las clientas y clientes comprando, hablando entre ellas. De los vendedores que aprovechan el último momento antes de que llegue el grueso de la gente, para tomar un café. Comprar en el mercado del barrio me reconcilia con la comunidad y con la vida. Comprar en el comercio local, entregando el dinero a cambio de producto local es una de las claves para el futuro de nuestras ciudades. Y fomentar las relaciones sociales entre vecinos y comerciantes. En el hiper difícilmente te atenderán con esa familiaridad que tiene comprar unas flores en el puesto regentado por las hijas de la señora que tenía otro puesto en la que tu madre y tu abuela compraban la verdura. Esperar tu turno mientras hablas con la vecina. Disfrutar viendo cómo el pescatero, con arte, te prepara una cola de salmón en lomos. Comprar un ramo de margaritas para casa mientras hablas del futuro del mercado con la florista. No saber elegir entre tres quesos de la zona y degustar los tres antes de decidirte, mientras el quesero se ríe diciéndote que compres tres trozos pequeños de cada. Y antes de salir, quedarte diez segundos en la puerta, mirando y escuchando la vida de tus vecinos y tenderos, que bulle con el ritmo de un sábado por la mañana. He disfrutado. Y me he vuelto a reconciliar conmigo mismo.

en bici

Casi todas las mañanas cojo la bici para ir al trabajo que, por otra parte, no está muy lejos de mi domicilio. Poder ir en bici todas las mañanas me ofrece, o mejor dicho, me ofrecía uno de los pocos momentos de tranquilidad y consciencia de todo el día. Siempre he dicho que no hay más que ver la actitud y la cara de las personas a las ocho de la mañana y observar las diferencias entre quienes van andando, en coche o en bici. En la mayoría de los casos quienes van en coche suelen tener una cara preocupada, o enfadada o tensionada y en demasiadas ocasiones la actitud de estas personas es violenta, nerviosa y enfadada. Quienes van andando van a lo suyo, sumidas en los miles de pensamientos que ocasiona nuestra mente o preocupándose por lo que tiene que hacer ese día o lo que hizo el día anterior, cuando no pensando en que dentro de unos meses disfrutarán de unas vacaciones. Esta gente va, vamos muchas veces, pasando por la calle sin ser conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor. Por otro lado quienes van en bici suelen tener la cara más relajada, sonriente en muchas ocasiones, observando. En muchísimas ocasiones me he sorprendido silbando o cantando mientras transcurría por una calle en bici.

La cuestión es que, para mi, andar en bici es un acto simple de meditación y consciencia plena. ¿Por qué digo esto? Porque para andar bien en bici tenemos que poner todos nuestros sentidos y consciencia en el hecho que realizamos, esto es, andar en bici. Es quizás uno de los escasos actos conscientes que realizan o realizamos la mayoría de las personas cuando cogemos la bici. Y lo hacemos de manera natural.

¿Y cuál es la diferencia con coger el coche o ir andando? La gran, grandísima diferencia, es que andando en bici estamos ahí, es decir, estamos en la calle, observando desde ahí mismo, sintiendo la calle, lo que ahí ocurre, el estado de la temperatura, etc. Somos mucho más conscientes de la ciudad o del lugar por donde transcurridos. Estamos y somos en la calle. Cuando circulamos en un coche vamos dentro de un armazón que nos impide estar y ser en el lugar. Vemos la realidad desde una ventana. No estamos plenamente en ella.

¿Qué os parece esta reflexión? ¿Alguna vez habíais pensado algo así?

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soy un bicioso

La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibro hay que seguir pedaleando.

Albert Einstein

Terminado el libro de Pedro Bravo, Biciosos, me surgen algunas reflexiones que me gustaría compartir. Vaya por delante que el libro es justo eso, una invitación a la reflexión y al análisis del papel de la bici en las ciudades del siglo XXI. Y vaya por delante también que no tengo coche, que tengo una bici plegable porque me jodió que me robasen la que no se doblaba y que me jodió más cuando el munipa se sorprendió cuando al preguntarle qué iban a hacer, que no la utilizo tanto como debiera y que mi principal medio de transporte en esta ciudad del coche es a pata y que soy consciente de que esto es así porque vivo en el centro y tengo la inmensa suerte de trabajar, principalmente, en el centro.

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El libro, más allá de vendernos las virtudes para las personas de un medio de transporte hecho a la medida de la ciudad, nos empuja a reflexionar de manera comunitaria sobre las bondades que la bicicleta supone para un nuevo modelo de ciudad sostenible en todos los aspectos.

El título comienza con unos capítulos en torno a la historia de la bici, qué es, de dónde viene, etc. Y en estos capítulos es curioso conocer cómo la bici, la idea de la bici es algo de finales del siglo XVIII que se quedó ahí, en los finales de ese siglo por culpa del desarrollo de otros inventos como la máquina de vapor, el motor de combustión, el automóvil y demás. Y es que lo que parecía una buena idea para sustituir al caballo, más barato, sin tener que darle de comer ni con necesidad de unos cuidados especiales se quedó durante bastantes décadas en el cajón de los inventos, como una curiosidad casi de circo. Y esto te hace pensar que la vida de la bici ha sido jodida desde sus comienzos en su convivencia con el coche. La agresividad motora comenzó desde su propio nacimiento. La sociedad del coche, esta en la que vivimos por ahora, no ha sido ni es una sociedad especialmente pródiga en convivencias con otras maneras de trasladarse por la ciudad; ni con peatones, ni mucho menos con bicis.

En los capítulos posteriores ahondan en esa, hasta ahora, nada buena relación entre la bici el coche. Y ahí es donde Pedro Bravo nos ofrece elementos para reflexionar sobre el actual modelo de ciudades, sobre los elementos principales de las bicis y los coches en la ciudad y sobre si es mejor una bici o un coche para andar por la ciudad. E inevitablemente hago la reflexión desde lo que conozco, desde Iruñea y el análisis, no por desconocido, no es nada halagüeño. Iruñea, como ciudad que se expandió y rompió sus murallas en el siglo XX, es, hasta ahora, una ciudad del, por y para el coche. Más allá de una política urbanística para las personas, esta ciudad se ha ido construyendo en base a las necesidades del coche, con una penosa política de movilidad y una inexistente política de accesibilidad. Los barrios diseñados a partir del ensanchamiento de la ciudad se han ordenado alrededor de las avenidas que los cruzan. El Casco Histórico de la vieja Iruñea, Alde Zaharra y los Ensanches, son como un queso gruyere llenos de parkings para que los coches puedan acceder a esa zona que han convertido en parques temáticos del ocio y el consumo. Los carriles bici, o como se le pueda llamar a semejante despropósito, se han hecho quitando espacio al peatón y nunca al coche. Iruñea no es una ciudad muy diferente a otras en este aspecto. ¿Alguna vez nos hemos puesto a pensar que las propias normas de tráfico están hechas para los coches y peatones y que las bicis tienen que acomodarse a las mismas? ¿Cómo podemos seguir funcionando con unas reglas de juego pensadas hace décadas con, por ejemplo, semáforos para coches y peatones, pero no para bicis? ¿Cómo puede haber todavía gente que piensa que las calzadas y carreteras se pagan con el impuesto de circulación que sólo quienes poseen un coche pagan? ¿Por qué pasa todo esto? Pues porque ese modelo de ciudad es el que le venía bien a un sistema basado en el consumo, en la especulación y el control. Y digo le venía porque está claro que este modelo está agotado y que, incluso el propio sistema, tiene que ir empezando a pensar en otro modelo sostenible. De nosotras y nosotros depende que ese nuevo modelo lo hagamos la gente de la calle y no desde los despachos de instituciones y multinacionales.

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En cuanto a las virtudes que para una persona supone utilizar la bici son muchas y no os las voy a descubrir. Mejora del estado físico, más felicidad, sí, más felicidad (haced una prueba y comparad las caras de las personas a las ocho y media de la mañana cuando van al trabajo, en coche, en bici o andando… Y me contáis quién os parece más feliz). La bici aporta tranquilidad y sosiego. Se ve la vida y la ciudad de otra manera, a otra velocidad, en otra dimensión. Sí, ya se que esto sí que parece un poco hippie, pero es que es verdad. Joder, que no soy el único que piensa eso, ¿no? Al moverte en bici tienes que ir con los cinco sentidos en lo que haces, es decir, tienes que ser plenamente consciente del momento. ¡Toma ya! Es una manera de hacer meditación como otra cualquiera, lo curioso es que no tienes que sentarte en posición de loto… Colectivamente es sostenible por los cuatro costados. No produce contaminación, produce buen rollo, mejora el estado de salud de las personas, con lo que repercute positivamente en el sistema sanitario, no ocasiona tanto desgaste a la vía pública como un coche, con lo cual hay que gastar menos en arreglar desperfectos de la calzada. En resumen, la bici es el medio de transporte urbano más rentable, eficaz, sencillo, silencioso, barato, limpio, sano, chic, atemporal, no invasor, independiente, pacífico, que aumenta la calidad de vida y de la propia ciudad, etc. Y así podríamos estar horas y horas, casi tantos capítulos como tiene el libro.

No tengo ninguna duda que el futuro de la movilidad de Iruñea pasa por la bici y por la coexistencia y convivencia entre bici, peatón y transporte público. Y también pasa, por mucho que haya a quien no le guste esto (y no solo me refiero a la derecha y al sistema), pasa, decía, por el arrinconamiento del coche en la ciudad. No hay otra. Pero para aplicar políticas que avancen en este aspecto se necesita valentía, como muchos alcaldes a lo largo y ancho del planeta que han apostado, decidida y realmente, por la bici como el mejor medio de transporte en una ciudad. Hasta que en Iruñea no tengamos a alguien valiente al frente del ayuntamiento seguiremos dando pasos de hormiguitas, por cierto, pasos necesarios que podemos y debemos ir dando quienes creemos en otro modelo de ciudad.

Última reflexión para todo el mundo: “La bici ha dejado de ser un medio de transporte alternativo para ser la alternativa”. Ahí es nada.